Un país, el nuestro, para reflexionar

Somos un país, con el que cada cual estará más o menos conforme, pero que, como mínimo necesita unos profundos y serios, pero que muy profundos y serios, reflexión, autoanálisis y autocrítica.

Y lo digo porque, por desgracia no es algo reciente, aunque parece que ahora vuelve a aflorar con fuerza, seguimos construyendo las realidades en las que basarnos en tópicos que, como siempre sucede, a fuerza de repetirlos, acaban convirtiéndose, para muchos, en verdades universales. Y, como la historia nos demuestra con demasiada frecuencia, estamos volviendo, en nuestro momento histórico de mayor desarrollo económico, educativo y social (que no de importancia global, como todos sabemos), a mostrar comportamientos de una profunda ignorancia; intolerancia, sectarismo y desprecio hacia la diversidad; egoísmo; insolidaridad; miedo irracional y visión paleta; que deberían estar ya archisuperados.

¿Cómo podemos ser tan incoherentes? ¿O es que, a lo mejor, es una cuestión de ignorancia, que nos empeñamos en perpetuar? Afortunadamente, ya no somos un país con una mayoría de analfabetos y, sin embargo, por poner un ejemplo de gran trascendencia en nuestra historia, seguimos hablando de la expulsión de los judíos y los moriscos, cuestiones a las que les ponemos la etiqueta de religiosas, cuando fue algo de mucho más calado. A los que se echó fue a los españoles que practicaban el judaísmo, los antepasados de algunos ya estaban aquí antes de que llegaran los primeros cristianos, y a los españoles moriscos, que practicaban el islamismo, que durante siglos tanto nos aportó. No solo no aprendimos la lección si no que la hemos repetido varias veces. En el momento que algo molesta se inventa un pretexto y se expulsa o se margina a los que molestan: jesuitas, gitanos, liberales, republicanos… Y ya está, problema solucionado.

En muy pocas ocasiones hemos mostrado la más mínima inteligencia ni empatía para hacernos más fuertes con la diversidad y ampliar nuestras posibilidades de ser mejores y ejemplo para otros.

Hoy a muchos se les llena la boca hablando de la Constitución como si de un libro sagrado se tratara, como si fuera algo inmutable y que no se pudiera cambiar. Como si la España de 2020 fuera la misma que la 1978. Si la realidad cambia, con diálogo, autocrítica, tolerancia, respeto y solidaridad, todo, absolutamente todo, se puede cambiar. ¡Y se debe hacerlo!

Ya no estamos en los tiempos en que si alguien decía que la tierra no era plana o ponía en duda algún “dogma”, lo que atentaba con la tradición y la religión, era enjuiciado y corría peligro de acabar en la hoguera. Pero, curiosamente, somos, constitucionalmente, un país laico que ha sido incapaz en 45 años de sacar la religión de la vida pública y restringirla a la privada, que es donde debe estar. Otra incongruencia más.

Lo mismo pasa si hablamos de derechos sociales. Muy pocas personas dirán que no hayan sido fruto de una lucha social (a muchos les llegaron de rebote, sin hacer nada por ellos) y que no los merezcamos. ¡Claro que no! Pero ¿cuántos miles (quizás millones) de esos mismos son solidarios y pagan todos sus impuestos, respetan las normas, dan de alta a todos sus trabajadores, no contribuyen a la piratería, no defraudan o ayudan a sus comunidades? Porque es muy fácil decir que lo hagan otros. O que, como algunos (insolidarios y delincuentes siempre habrá) no lo hacen, yo tampoco. Qué fácil es confundirse con la masa y diluir en ella la responsabilidad y el compromiso.

Hace unos días Philip Alston, el relator de la ONU, ha elaborado un informe sobre nuestra realidad social con muy tristes conclusiones. Entre otras muchas dice que, en 2018, el 26,1% de la población en España, y el 29,5% de los niños, se encontraban en riesgo de pobreza o exclusión social… Más de la mitad de la población tuvo dificultades para llegar a fin de mes y el 5,4% experimentó privación material severa. Por no hablar de la elevada tasa de desempleo (13,7%), más del doble de la media de la UE, que ya se ha convertido en anacrónica.

Los niveles de pobreza no se corresponden con el nivel económico de España. “Es el cuarto país más rico de la UE. Se puede permitir hacer mucho y hacerlo mejor, si quiere, pero ha decidido no hacerlo”. Alston ha criticado duramente que “sucesivos Gobiernos hayan decidido intencionadamente bajar las tasas impositivas y ayudar a las compañías, no perseguir mucho la evasión fiscal, que en España es rampante, mientras han mantenido niveles de protección social muy bajos”. La pobreza es una decisión política. Esta es su tesis. Las políticas para salir de la crisis han beneficiado a las clases más altas.

Podemos creerlo o negarlo (como hacen tantos negacionistas de todo) pero solo hay que salir a las calles (por supuesto no a cualquiera) de cualquier ciudad o visitar tantos y tantos pueblos abandonados o en vías de estarlo. Ver como los agricultores, ganaderos, pescadores se quejan de los bajos precios. Y los consumidores de los altos. Los médicos, profesores y maestros del deterioro de sus condiciones laborales y salarios. Los jubilados reclaman mejoras en sus pensiones. Y otros muchos colectivos también claman en las calles atención a lo suyo.

Este es un país en el que la inacción política y su falta de capacidad y de compromiso con una gran mayoría de votantes han permitido que problemas nimios se acaben convirtiendo en mantras y que los realmente importantes queden en segundo plano y, claro, sin actuación y solución.

Pues bien, con esta situación de auténtica emergencia nacional, la clase política se ha permitido no ponerse de acuerdo, tener al país año y medio sin un gobierno efectivo, enarbolar cuestiones rancias, descabelladas y fuera de lugar, enfrentarse absurda e irracionalmente entre ellos y olvidarse de los problemas, serios, de la mayoría. Y una gran parte de la ciudadanía, irreflexiva y visceralmente, les siguió el juego, creando o potenciando una crispación que debería estar muy lejos del ánimo común. ¡Así no se soluciona nada!

Casualmente, unas pocas empresas, colectivos y personas han conseguido, mientras se desarrollaba el auténtico drama descrito más arriba, incrementar desaforadamente sus beneficios y privilegios. En muchos casos con muy poca ética y muy poco o ningún control gubernamental. Pero claro, a lo mejor esto tampoco es verdad.

Con este panorama, ¿hay alguien que no piense que este país necesita una seria y profunda reflexión y un solidario compromiso de acción por parte de todos?

Por desgracia, habrá muchos que pensarán que no es necesario. Y, ahí está el peligro, porque otros, solo para sus intereses, sí lo harán.

Tú, lector, con tus actos, tienes la respuesta.

Gracias Forges, por tu inteligencia, agudeza y maestría para comunicar.

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Publicado el 14 febrero, 2020 en Acción social, Indignación y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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