Salgamos de Matrix

En Matrix (hermanos Wachowski, 1999) la humanidad vive en una realidad, que supone real,  creada por máquinas y que no es más que un perfecto decorado virtual. Eso sí, perfectamente creíble. Solo unos pocos conocen la verdadera situación y viven su propia realidad, en constante lucha contra las máquinas. Lo que, para muchos, es solo ficción, para muchos otros es una acertada metáfora de la realidad humana.

Cuántas veces hemos escuchado últimamente que vivimos tiempos de incertidumbre, argumento que solo sirve para generar miedo e inacción en mucha gente. Como si cualquier otro momento histórico hubiera sido mejor. Que se lo digan a los que, tiempo ha, vivieron guerras, catástrofes naturales, persecuciones… Incluso llegamos a decir, y a creer, que el miedo es libre, con lo que nos resignamos a no luchar contra él, bajamos la cabeza, dejamos de tomar decisiones importantes y esperamos tiempos mejores. Tremenda contradicción porque todos disponemos de suficientes argumentos, propios o ajenos, para poderlo controlar y manejar.

En un mundo inundado por la banalidad, la futilidad y la información falsa o irrelevante, la claridad (vivir fuera de Matrix) es poder. Pero no es fácil mantener una visión clara. Con frecuencia, ni siquiera nos damos cuenta de cuáles son las cuestiones clave. No disponemos de la capacidad de dar sentido a la información, de señalar la diferencia entre lo que es y no es importante, de detectar las oportunidades y, ni mucho menos, de combinar la gran cantidad de información disponible en una imagen global del mundo. Apenas podemos permitirnos indagar en estos asuntos, porque, además de su dificultad, tenemos cosas más acuciantes de que preocuparnos: hijos, pareja, trabajo, padres, deudas… Lamentablemente, si el futuro de la humanidad se decide en nuestra ausencia, porque estamos demasiado ocupados, ni nosotros ni nuestros hijos nos libraremos de las consecuencias. Porque, a buen seguro, habrá muy pocas probabilidades de que lo conformen, teniéndonos en cuenta, a nuestra medida.

Por tanto, debemos conseguir una visión individual clara, tarea ardua porque los impedimentos son innumerables. Además, como demuestra innegablemente la historia, no interesa a los que detentan el poder, que se han servido de los relatos, para sumergirnos en nuestro propio Matrix. Los más antiguos, y todavía vigentes, han sido los religiosos: cristianismo, budismo, sionismo, islamismo… Pero también los hay de muchas otras índoles: comunismo, fascismo, liberalismo, nacionalismo, populismo…

Cada persona, grupo o nación tiene sus propios relatos y, en ellos, basan sus creencias, anhelos e idiosincrasia. Es decir, todos ellos, y sus consecuentes actos, se basan en relatos ficticios, creados por la imaginación individual o colectiva, que, a fuerza de repetirlos, se han asentado y convertido en ¿verdades universales? Es tremendo comprobar que cuando creemos en un relato concreto nos resulta apasionante conocer hasta sus más nimios detalles, al tiempo que despreciamos todo lo que queda fuera de su ámbito. Y, por eso, en su nombre, se han justificado, y justifican, comportamientos y acciones absolutamente ignominiosos y reprobables: supremacismo, cruzadas, inquisiciones, persecuciones, genocidios, esclavitud, discriminación…

Este tipo de razonamiento es el que, entre otras muchas cosas, justifica los argumentos ad hominem, con los que se ataca a la persona o colectivo que presenta el argumento y no al argumento en sí. El mensaje deja de importar para cobrar más importancia el físico, el género, la personalidad, la religión o cualquier aspecto ajeno al propio argumento. Solo hay que ver la tele, escuchar la radio, leer un periódico o participar en conversaciones coloquiales para constatar su extendido uso.

Rescatemos el cogito ergo sum de René Descartes, elemento fundamental del racionalismo occidental, motor de un auténtico cambio filosófico y social, capaz de acabar con otro relato: el antiguo régimen.

Porque las respuestas simples no nos llevan a ningún sitio. La realidad humana es muy diversa y poliédrica y la excesiva simplificación, todos los relatos la buscan, borra los matices. No interesan. Sin matices crece el pensamiento único, la polarización y los extremismos, que son caldo de cultivo de la animadversión. Que lleva a la ofuscación y a la violencia…

La correa de transmisión entre retórica emocional (religiosa o política), sentimientos identitarios, exclusión de los diferentes y violencia es un mecanismo peligroso, cuya activación fácilmente provoca consecuencias imprevisibles.

Cabe sospechar que la ciudadanía informada y la exigencia de su ojo crítico son la primera garantía de éxito, ya que las soluciones se hallan en el conocimiento más que en el sentimiento. En la interlocución más que en la confrontación. En el contraste y la reflexión más que en el pensamiento único. Las emociones se pueden gobernar, dirigir, manipular. El pensamiento y el conocimiento no. Por eso proliferan mucho más los agoreros y los profetas de las respuestas sencillas, que aquellos otros que nos ponen en la tesitura de tener que reflexionar, decidir y actuar en consecuencia. Actividades, todas ellas, que, supuestamente, nos diferencian del resto de los habitantes del planeta.

Pensemos que estamos en uno de los momentos más excitantes de nuestra especie y, lo mejor, que está lleno de oportunidades para todos aquellos que estén atentos y las sepan aprovechar. Al menos en una parte significativa, somos los dueños de nuestro destino.

Enseñar a las generaciones que llenan las escuelas y las universidades a desarrollar su propio criterio, a manejar y a contrastar la información, sin sesgos ni sectarismos, es fundamental para descubrir cómo tenemos que habitar el planeta de una manera completamente diferente.

Ahora reflexiona sobre tu realidad y decide si eliges la píldora azul, que te dejará como estás, o la roja, que te permitirá descubrir tu propia realidad, y no la que te proporciona el Matrix en que quieren que vivamos.

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Publicado el 17 enero, 2020 en Aprendizaje, Cambio, Educación y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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